Aparcando en el horizonte

La libertad es un asiento en quinta

y una carretera con un paisaje

tendido en la vía

Y el viento en el terraplén del volante

derrapando sin prisa

hacia el horizonte del durante.

Una cuesta

de hojalata risueña

Un huracán de pendientes cortas

hacia los dioses de los neumáticos

que se adhieren a tu flanco.

Un adiós que dice hola a los transeúntes que se llevan a si mismos en sus botas.

Un tobogán de dudas certeras

sobre tu cara y sobre la mía

aparcando en nuestro horizonte.

Escrito recorriendo Teguise, Lanzarote

He vuelto

He vuelto a mentir
He vuelto a sentir
A helarme la cintura en una polla dura
A congelarme en el tiempo
En una mano en mi cintura
En un perfil porno
Que me llamaba puta
He vuelto a merendarme
La Fidelidad en ayunas
Equidistante de lodos y platas
Cobarde de piel y latas
He vuelto a beber
A sentir el alcohol rayándome el sexo
A esnifar la duda
La sangre del pecho
He vuelto a ser mala
(O buena, depende desde dónde se mire)
He vuelto y he venido para el quedarme

No me dejan beber

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No me dejan beber
Porque mi salud es como una hamaca
Se acuesta a respirar sobre un estómago de lava.

No me dejan beber
Porque mi cabeza se deforma
Y oye orejas de cuchicheos, insultos de media noche.

No me dejan beber porque mi mundo de irrealidad
Dibuja una salud de roble mientras mis tripas de alquitrán
Convierten el vino en sangre.

No me dejan beber,
Y yo recuerdo la gota de Baco,
Su intenso repicar sobre la piel escamada,
El zigzagueante río que traza sobre el pecho,
La coral lentitud con la que se arrastra por mis senos
Y el ahogo final sobre las aureolas
Exprimidas durante horas
En un baile del instante
que acomete a los cobardes
Los sumerge en mi distancia
Con el aullido y el alarido
Intenso
indefenso
dentro del yo
que ruge agónico por una gotita
Una gotita más
Una botita más.

Y el tiovivo de cabezas locas
en nubes de caracolas
en espejos de sueños
con el sol tejiendo versos
sobre la lengua esbozada.
Y las piernas desatadas
correteando por el musgo
del amor,
encontrándose en el choque de cuerpos
Y el vino cayendo lento
entre las almas que no rozan
entre el ayer y el ahora.

No me dejan beber
Y yo me descoloro
En rojo y en azul
En el corazón de cloro

Y no encuentro el tobogán
El tiovivo de la vida
No encuentro la curva enhiesta
Paralela a la alegría giratoria del día

Y no encuentro
el beso intenso
el sabor a pegamento
la caricia transparente

No me dejan beber
Y se entrelazan las juntas de las paredes
Me ahogan
Me penetran
Se me clavan las horas
No encuentro su final
La salida del ahora
Y culebreo por el devenir
Buscando una salida
Que no siento.

Foto: Carlos Valladolid. 

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La muerte en el espejo

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Y miro la vejez
por la ventana de mi nombre
Con postigos de ilusión
De whiskys dobles
En la piel descolorida
Por los golpes presentes,
En fila india,
Ellos hacen parte de mi corte.

Y paso lista
Para deducir quién
me acompañará de uniforme
al viaje desdibujado
del porvenir embarrado de mandobles,
Y pugno por decidir
En la helada de mis miembros oxidados y pobres
Si preferiré salud, dinero o pronombres.

La voz desollada surge de mi terraza,
Se estrella contra los picaportes
No puede salir,
Es de celofán
De inmundicias informes.

Las edades confundidas
Se miran en el espejo de las horas
Saltan con Cocteau entre minuteros
de radios de otroras
Ya lo veo al anciano pelado
De calvicies en el reflejo.
No es nadie
Eres tú
Carcomida por el tiempo perdido
En las arañas del otrora.

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Mi palabra

roma_1 008Arranco una piedra de tu hombro
Para poderla llevar yo, en la espalda.
Giro los picaportes
para abrirlos al mañana.

Congelo el horizonte
en una fotografía fija
desoída del mundo.
Nuestra.

Enhebro el pasado con el futuro
sin desoír el presente.
Cavo los tumbos de los pasos
Pasados.

Desacelero el ritmo por no hacer daño,
pero rompo la tumba sobre la palabra
pero giro el porvenir,
lo vagabundeo con sales de baño,
Lo ahogo cuando quiere resistir.

Enciende la vela sobre nuestros huesos.
Ilumina el ahora con un mañana.
Hecho del ayer es posible.

Foto: Marie O. 

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Domingo

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La angustia es inclemente
y ve cómo se va acercando
el reloj al final del día.

La angustia es soberana
de pueblos y ranas,
de príncipes y mazmorras.

Es la culebra que ciega a los niños en los parques
con la garganta quebrada en voces de troncos sin vida.

La angustia culebrea cuando se agotan las horas del ocio.
¡Levántate ante el patrón!
¡Desciende por el trayecto de fango!
Con los intereses del mediodía,
el banco en la suela
y el seguro en la vía.

La angustia te atrapa
no quedan horas,
el domingo se va.
el domingo se ha ido.
No era tuyo el domingo,
¿no lo ves?

Foto: Marie O. 

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